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Lugar: Argentina

martes, 28 de abril de 2026

​LOS CUESTAS HERBEIA

En el año 1800, durante la monarquía de Jorge III, se firmaron las actas por las cuales Irlanda pasaba a formar parte del Reino Unido. Por esa época, la isla contaba con alrededor de unos ocho millones de habitantes, la mayor parte de los cuales vivía en fincas donde se dedicaban al cultivo de la patata y la cría de algunos animales. Había también extensas zonas de terrenos que estaban en poder de terratenientes ingleses, donde se sembraba el trigo, el maíz y la avena, pero esta producción no quedaba en la isla, sino que era enviada directamente a Inglaterra. ​Cuando en el año 1845, en plena era Victoriana, se produjo la peste de la patata, debido a que un hongo, que venía probablemente en un barco norteamericano, infectó la producción de la misma, que destruyó sus tallos, sus hojas y también los tubérculos y como se demoró cinco años en poder terminar con esta plaga, se produjo una gran pobreza y una gran hambruna que trajo como consecuencia la muerte de un millón de personas. El Parlamento británico no supo responder en forma adecuada a esta situación, a las protestas de los irlandeses y considerandolas exageradas, se limitó a enviar tropas para evitar la insurrección. Ante esta situación muchos irlandeses decidieron abandonar el país. Fue así que más o menos un millón de personas dejaron Irlanda para ir a Canadá, Estados Unidos, Argentina, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Los irlandeses que llegaron a la Argentina se ubicaron principalmente en la provincia de Buenos Aires, en la zona del Río Salado, donde se dedicaron a la cría de ganado ovino. Otra parte de ellos se estableció en la ciudad autónoma de Buenos Aires, en el barrio Belgrano, y creemos que fue posiblemente en este grupo en los que una muy joven Anastasia Furlong Hunter, hija de Mateo Furlong y de Marian Hunter, y su pequeña hija, probablemente junto a otros familiares, llegó a nuestro país. Aquí tiempo después, esta señora conoció a Pascual Erbeia, cuyo apellido español es de origen noble e incluso tiene escudo de armas, con el que se casó y tuvo una hija a la que llamó Josefina Matilde. Cuando la niña contaría con alrededor de un año y medio, la familia decidió viajar a Francia, donde se estableció en Marsella y vivieron allí hasta que Matilde contó con 15 años. Durante esta época la niña debió recibir una educación muy refinada. Cuando decidieron volver a la Argentina, se establecieron posiblemente en el barrio Belgrano donde seguramente tendrían familiares. Al poco tiempo, las niñas en esa época se casaban muy jóvenes, Josefina Matilde conoció a un marino mercante llamado Fermín Rosa Cuestas (hijo de José Cuestas y Josefa Miranda, y nieto de Fermin Cuestas y Gregoria Arballo, por parte de padre, y de Manuel Miranda y Josefa Amoretti, por parte de madre) con el que se casó aproximadamente en el año 1900 y tuvo cinco hijos. El primero que nació en 1902 fue José Cecilio, luego siguió Aurora, después Aidé, después Arturo y años más tarde Fermín Roberto, quien nació alrededor de 1911. Todos ellos nacidos en la ciudad de Buenos Aires. ​Después de la Campaña del desierto y con el objeto de promover o impulsar la colonización de las zonas de la Pampa y la Patagonia, el gobierno de la nación decidió premiar con una donación de ciertos número de hectáreas a los jefes militares que más se habían destacado y también a algunos particulares que habían colaborado económicamente con la campaña. El general Manuel Fernández Oro, de origen sanjuanino, casado con su prima hermana, Lucinda Larrosa de Oro, fue uno de los favorecidos. Él recibió 45.000 hectáreas en la zona de la confluencia, que es donde se une el río Neuquén con el río Limay para formar el río Negro en la zona centro de la provincia del mismo nombre, ​El matrimonio se radicó en este lugar alrededor de 1895 y a pocos kilómetros de la confluencia hicieron la casa que serviría de casco para su estancia. Ellos no habían tenido hijos pero sí criaron y educaron a un sobrino, Manuel González Larrosa. Tanto el general como su esposa y su sobrino tuvieron una vital importancia en el progreso de esta zona, no solamente de la parte que correspondía a sus posesiones sino más allá de ellas. ​Impulsó la plantación de frutales, tales como la manzana, la pera y la vid y promovió el riego mecánico que había comenzado alrededor de 1893 el padre Alejandro Stefenelli, quien había introducido un motor que sacaba agua del río y la podía dirigir a las zonas de cultivo. El padre Alejandro Stefenelli, de origen italiano, fue el primer sacerdote misionero salesiano ordenado en la Patagonia y fue un gran impulsor de la agricultura en la zona del Alto Valle, quien incluso fundó una escuela de agricultura. ​En las tierras del general Fernández Oro se fundaron dos ciudades. La primera, en las cercanías del casco de la estancia, se llamó Villa Lucinda en honor de la esposa del general. Tiempo después, cuando en 1903 el general Fernández Oro comenzó a lotear sus tierras, Villa Lucinda se transformó en la ciudad de Cipolletti. Cipolletti lleva este nombre en honor al ingeniero hidráulico italiano Cesar Cipolletti que controló las crecidas del río Limay y diseñó el sistema de riego que transformó la estepa patagónica en un vergel. La otra ciudad, a siete kilómetros al este de Cipolletti, se formó alrededor de la estación del Ferrocarril Sur, que unía Bahía Blanca con la zona del Alto Valle y la zona minera de Neuquén, recibió el nombre de General Fernández Oro. La fundación de la misma tuvo lugar recién en 1931 después de la muerte del general que acaeció en 1919. ​Alrededor de 1910, Fermín Rosa Cuestas, que había dejado la marina, aceptó un cargo de comisario en la zona patagónica. Fue designado a la muy reciente ciudad de Cipolletti, que había sido fundada en octubre de 1903. ​Como no sabía qué lo esperaba en ese destino, Fermín Rosa decidió ir primero solo y dejar a su familia en Buenos Aires. Fue así que durante varios años él ejerció ahí su cargo y de vez en cuando viajaba a Buenos Aires para visitar a su familia. ​Recién cuando pudo comprar la casa que fuera de los Fernández Oro y los terrenos aledaños que contaban con extensas plantaciones de frutales: peras, manzanas, membrillos y vides, consideró que estaban dadas todas las condiciones para que su familia se mudara al Valle de Río Negro con él. Por ese entonces su hijo menor era ya adolescentes. ​La nueva vida, en lo que ellos siempre llamaban “la estancia”, les terminó resultando fascinante a juzgar por las anécdotas contadas por Fermín Roberto. Se acordaba de que en la estancia habían llegado a tener veinte perros, todos blancos, y que el de él era un Bull Terrier. Comentaba que en la estancia habían aprendido a andar a caballo muy bien todos, incluso las chicas que montaban de costado, como se estilaba en esa época, y que aun así se animaban a cruzar el río a caballo. ​Recordaba también que los peones, después de realizar sus trabajos, les enseñaban a ellos a vistear y a voltear. ¿Qué era esto? Vistear era enseñarles a pelear como peleaban los gauchos en sus duelos y cuando tenían que enfrentarse al puma. Es decir, con un facón en una mano y envuelto su otro brazo en el poncho para atajar los embistes del animal o del enemigo. Para ello les hicieron unos facones de madera para evitar que fuera tan peligrosa la práctica. Así que decía que de noche se sentía el ruido de peleas a cuchillo que asustaban a los vecinos que no querían pasar por ahí cerca porque no sabían qué pasaba. ​A su vez voltear era un ejercicio que hacían a caballo que consistía en mantener a éste al galope mientras ellos se sujetaban del pomo de la montura, dejándose caer para un lado hasta apoyar los dos pies en tierra para tomar impulso y saltar por encima del lomo del caballo hasta caer del otro lado para tomar nuevamente impulso en el suelo y caer sobre la montura. Indudablemente era un ejercicio completamente extenuante, que necesitaba de mucha habilidad, mucha fuerza en los brazos y mucha destreza que a ellos les fascinaba. ​Comentaba que los perros se comportaban como una manada, así que disuadían de cualquier intento de un extraño de entrar en la propiedad. Mucha otra cosa contaba de la estancia, pero siempre con mucha alegría y con mucho contento de cómo había sido su vida en esa época. ​Al parecer los jóvenes se encargaban de dirigir a los peones y colaborar también en la cosecha de los frutales que seguramente constituía una nueva entrada a la economía de la familia. La muerte del muy joven Arturo, causada por la diabetes, y posteriormente la muerte del padre, fue un golpe muy duro para la familia, pero aun así siguieron adelante. ​El hijo mayor, José Cecilio, se hizo cargo de la comisaría, es decir, se transformó en comisario en el lugar del padre. Por esa época se casó con Rosa Élida Vedoya con la que tuvo cuatro hijos. El mayor fue Fermín Rogelio (Bebe), luego le sigue Élida Matilde (Nenona), la continúa Susana y, por último, nació la más pequeña que se llamó Alicia. Solamente los dos hijos mayores recuerdan haber vivido en la estancia. ​El peor enemigo de la agricultura en el Valle de Río Negro eran las heladas tardías, que podían hacer perder una cosecha de frutas. Algo de eso debió pasar por cuanto se vieron obligados a pedir un préstamo para volver a tener una cosecha nueva el año siguiente. Y sucedió que, no sé si porque no tuvieron los empleados suficientes o qué pasó, que Fermín Roberto recordaba que habían trabajado contrarreloj, muy arduamente, y que aun así no habían podido levantar la cosecha, con lo cual tampoco pudieron pagar al prestamista que se quedó con la propiedad, lo cual fue un golpe terrible para ellos del que no se pudieron reponer. ​Después de que perdieron la propiedad de Cipolletti, la familia se separó. Por un lado, Josefina Matilde con sus dos hijos, Aurora (Yiya) y Fermín Roberto, y su fiel servidora Luisa Painenau, y por otro lado, José Cecilio con su esposa Rosa Élida, y sus hijos. ​Josefina Matilde con Aurora y Fermín Roberto fueron a vivir a una casa de la calle Pampa en la ciudad de General Roca. José Cecilio fue designado como comisario en diversos lugares del Valle y fuera de él, a los que se movió con su familia. Uno de los últimos lugares al que fue designado fue Viedma donde nació Alicia. Finalmente fue designado a Misiones, donde vivió un tiempo y presentó la renuncia. Volvió con su famila a vivir a General Roca, donde construyeron una casa que se llamó Pichiruca. Allí vivió hasta el año 1965 en que falleció. ​“No sé en qué año habrá fallecido Josefina Matilde, calculo que por 1951 o 1952, porque yo me acuerdo que era chica y que le había visto a mi mamá vestida de negro y le había preguntado: '¿a dónde vas?' y me dijo que había fallecido la mamá de Fermín” (recuerdo de maría Adela Argüello). ​En el año 1964, Fermín Roberto Cuestas, se casó con Hilda Rosa Gotardi y vino a vivir con ella a la casa que ocupaba Hilda en la calle Chubut de la ciudad de Neuquen. Por ese tiempo también Aurora y Luisa tuvieron que dejar la casa de la calle Pampa en Gral. Roca y fueron a vivir a Neuquen. Se alojaron primero junto con Femin e Hilda, pero, como la casa era demasiado pequeña, buscaron otro domicilio. ​Años más tarde, Aurora se enfermó y falleció en el año 1976. ​Años más tarde, Fermín Roberto con Hilda Rosa dejaron la casa de la calle Chubut y construyeron otra en la calle Buenos Aires al 1231, donde vivieron muchos años hasta que, alrededor de 1990, Fermín falleció. Años más tarde, Hilda Rosa junto con Luisa se fueron a vivir a Santiago del Estero, con María Adela Argüello (hija del primer matrimonio de Hilda) hasta que ambas fallecieron, la primera en 2017 y la segunda en 2018. Ambas se encuentran enterradas en el cementerio Parque de la Paz de la ciudad de Santiago del Estero. Todos los miembros de la familia Cuestas Herbia se encuentran enterrados en el panteón familiar del cementerio de Cipolletti. La Ruta Nacional 22, nace en Bahía Blanca, atraviesa La Pampa, recorre el Alto Valle de Río Negro para terminar en Zapala donde cambia de nombre por el de Ruta Internacional 242 dirigiéndose a Chile a través del paso de Pino Hachado. Cuando en 1951 se construyó el tramo de la misma que pasa por Cipolletti, hubo que demoler la casa que fuera de Fernandez Oro, y que luego habitaran los Cuestas Herbéia, ya que la ruta debía pasar por ahí. Solo quedaron de recuerdo las dos palmeras que estaban una a cada lado de la casa y que quedaron una a cada lado de la ruta.