MARIA ADELA AUGUSTA FAUTARIO Y DE MONCHY
El Encuentro de Dos Mundos en Alta Mar
Para comprender la historia de mi abuelita, María de la Augusta Fautario De monchy, es necesario viajar en el tiempo hasta la Europa de 1870, un continente sacudido por grandes tormentas geopolíticas que terminaron entrelazando de forma irreversible los destinos de dos familias nobles.
El escape de Lorena: La rama De Monchy
En 1870, en el norte de Europa, el canciller Otto von Bismarck, ministro del rey Guillermo I de Prusia, buscaba unificar los estados alemanes en un solo imperio. Mediante la astuta manipulación de una nota oficial —el famoso Telegrama de Ems—, Bismarck provocó deliberadamente a Francia, desatando la Guerra Franco-Prusiana.
Bajo las órdenes del emperador francés Napoleón III servía el conde de Monchi. Como la mayoría de sus compatriotas, el conde creía firmemente que el conflicto sería breve y que la victoria francesa sería rápida. Por seguridad, decidió dejar a su esposa, la condesa Adele Rouselier, y a sus pequeños hijos de 7 y 5 años en sus posesiones de Lorena, al cuidado de un hombre de confianza que se encargaría de protegerlos y administrar sus bienes.
Sin embargo, el conde nunca regresó del frente. Tras la aplastante victoria prusiana, Lorena fue anexionada al nuevo Imperio Alemán. El Kaiser Guillermo I impuso un ultimátum drástico con fecha límite al 1 de octubre de 1872: los habitantes de los territorios ocupados debían jurar lealtad y declararse ciudadanos alemanes, o abandonar la región. Negándose rotundamente a renunciar a su patria, la condesa decidió emigrar en secreto. Como el Kaiser permitía la salida de las personas pero confiscaba sus riquezas, las damas de la familia cosieron y escondieron todo lo que pudieron de su fortuna familiar en joyas dentro de sus faldas y corsés.
Acompañada por su hombre de confianza, una niñera y un sirviente fiel que cargaba los bultos, la familia viajó hacia el sur hasta llegar a Belfort, un territorio que había resistido el embate prusiano y seguía siendo francés. Pero entrar a Francia representaba un nuevo peligro: tras la caída de Napoleón III, el país estaba gobernado por radicales que perseguían ferozmente a la nobleza imperial para evitar cualquier intento de restauración monárquica. Ante este acoso y los espías que los acechaban, la condesa y los suyos cruzaron a Suiza para esperar noticias del conde.
Mientras el servidor de confianza cruzaba clandestinamente la frontera francesa buscando información, supieron finalmente que el conde había fallecido en la guerra. Viéndose acorralados y buscando paz, decidieron trasladarse al norte de Italia para emprender el exilio definitivo hacia Sudamérica. Al cruzar la frontera italiana, tomaron una decisión drástica para borrar su rastro por completo: quemaron sus pasaportes originales. El hombre de confianza se presentó ante las autoridades de una comuna italiana alegando que habían perdido los documentos durante la huida. Así, obtuvieron pasajes nuevos modificando sutilmente sus identidades: la condesa Adele Rouselier pasó a llamarse Adela Roncelli, y sus hijos, despojándose del "De" noble de su apellido original De Monchy, pasaron a ser simplemente la familia Monch. Con estos nuevos papeles, se dirigieron al puerto de Génova para embarcarse hacia el nuevo mundo.
La huida de Lorena había sido larga y angustiosa, los que habían sido niños al partir eran ya adolescentes de 16 y 14 años.
Al llgar al barco fue sin duda muy emotiva la despedida de los fieles servidores que los habían acompañado durante tantos años. Ya no volverían a verlos y de ahora en más tendrían que enfrentar el viaje ellos solos.
Subieron a bordo Adele Rouselier, condesa De Monchy transformada en Adela Roncelli y sus hijos, Camile y Víctor, condes De Monchy, transformados en Camila y Víctor Monch.
La huida de Florencia: La rama Fautario
Por este mismo tiempo, Italia vivía un proceso de unificación definitivo bajo el reinado de Víctor Manuel II. Con la toma de Roma, las fuerzas del nuevo reino arrebataron los Estados Pontificios al Vaticano, provocando una fractura profunda en la sociedad. La aristocracia se dividió en dos: la "nobleza blanca", que apoyaba al nuevo monarca, y la "nobleza negra", aquellas familias que se mantuvieron firmes y leales al Papa.
Alrededor de 1881, ya bajo el reinado de Humberto I, la división en la nobleza seguía igual.
Por esa época, en Florencia, dentro de los círculos de la nobleza negra, vivía el príncipe Samuel Fautario. Su hijo, Silvio, se encontraba en el tercer año de sus estudios para convertirse en sacerdote, una formación que llevaba adelante desde la comodidad de su hogar gracias a la privilegiada situación económica de la familia.
SILVIO FAUTARIO (FOTO)....
Sin embargo, al acercarse el momento crucial de tomar los votos definitivos, cortarse el pelo y rasurarse el rostro, la desesperación se apoderó de él. Con total honestidad, le confesó a su padre que la vida religiosa no era su destino.
Permanecer en Italia en ese momento bajo esas condiciones era un peligro de muerte. En medio de la extrema tensión política, la nobleza blanca buscaba cualquier excusa para desprestigiar a la Iglesia. Si se corría la voz de que un joven seminarista de la alta nobleza negra abandonaba los hábitos, corría el riesgo real de ser asesinado por agentes políticos para culpar falsamente a la Inquisición papal de su desaparición. Comprendiendo la gravedad de la situación, el príncipe Samuel actuó con rapidez extrema. En lo público, montó un gran teatro de indignación, rasgándose las vestiduras ante la sociedad para salvar el honor familiar ante el Vaticano; en lo privado, utilizó sus recursos e influencias para ocultar a su hijo y embarcarlo en secreto rumbo al Río de la Plata, protegiendo su vida antes de que fuera demasiado tarde.
El encuentro en el Atlántico y el destino argentino.
Fue en aquel barco con destino al Río de la Plata donde los dos universos se cruzaron de manera milagrosa. En una embarcación repleta de inmigrantes que buscaban un futuro, la prestancia, la educación y los modales refinados de Silvio Fautario y de la familia de Adela Roncelli se atrajeron magnéticamente de forma inevitable. Aunque ambos guardaban con recelo los profundos secretos de sus huidas, la afinidad fue inmediata. Durante las largas semanas de travesía en alta mar, el amor floreció entre Silvio y Camila, la hija de la condesa.
Al arribar al puerto de Buenos Aires, el deseo de dejar atrás el pasado y garantizar su seguridad los impulsó a alejarse de la gran ciudad, que estaba demasiado conectada con Europa. Buscando el anonimato de las provincias, remontaron el río Paraná hasta llegar a Goya, Corrientes, donde Silvio y Camila contrajeron matrimonio.
Manteniendo el instinto de protección y la estrategia de no concentrarse en un solo lugar por si el pasado de alguno de los dos los alcanzaba, la Condesa se quedó en Goya con su hijo Víctor, donde se mantuvo seguramente dando clases de francés y de música a las familias acomodadas, y el joven matrimonio decidió afincarse finalmente en Jesús María, Córdoba. Allí, lejos de las intrigas palaciegas y las guerras europeas que habían destruido sus antiguos mundos, cambiaron los secretos por la educación e instalaron una escuela.
CAMILE DE MONCHY (FOTO)...........
En ese nuevo hogar echaron raíces y nacieron sus hijos, Silvia, Silvio, Pedro, Ángel, Virginia, Adela Augusta (7-9-1892 / -3-1982), Flora.
PEDRO FAUTARIO Y DE MONCHY(FOTO)...
ANGEL FAUTARIO Y DE MONCHY (FOTO)...
FLORA FAUTARIO Y DE MONCHY (FOTO)...
VIRGINIA FAUTARIO Y DE MONCHY (FOTO)
ADELA AUGUSTA FAUTARIO Y DE MONCHY (FOTO).............
Silvio y Camile dieron una educación muy esmerada a sus hijos, como correspondía a miembros de la nobleza. Aparte de las materias propias de la escuela, se les enseñaban modales y comportamiento en sociedad; aprendieron a hablar correctamente el castellano, el francés y el italiano y todos ellos aprendían a cantar y a tocar algún instrumento - María Adela Augusta tocaba el violín.
Cuando el hijo mayor era aún muy joven, fallece Silvio, pero antes de su muerte lo llamó y le pidió de que en caso de que él fallecerá fuese a Florencia a darle aviso a su padre. Le dió las indicaciones de cómo llegar al palacio de los Fautario indicándole que se presentara como un simple enviado que llevaba un mensaje para el príncipe, y que recién en la intimidad se diera a conocer. Silvio hijo quedó impactado al ver el inmenso palacio en que vivían sus abuelos, el cual tenía cinco entradas, todas ellas con marquesinas. A su vuelta le comentó a su madre con cuanto afecto lo habían tratado; que se habían sentido muy felices de que Silvio hubiera podido formar una familia con una joven de la nobleza y que querían saber todo sobre sus otros nietos y lamentaban no poder conocerlos. Así mismo le dio la noticia de que le habián entregado una gran cantidad de dinero para los hijos de Silvio.
Con ese dinero, el bienestar de la familia estaba asegurado, pero Camile seguía sintiendo miedo de ser descubierta y de que sus hijos corrieran peligro, Así que aceptó los galanteos de un comerciante en carnes de apellido Ceballos, con el cual se casó. Nunca imaginó la pobre lo mal que había elegido.
Cuando este hombre, que tenía un hermano mucho más joven, se enteró de la herencia que sus hijastros habían recibido, empezó a pensar en apoderarse de ella. Con este fin mandó a su hermano a festejar a la mayor de las jovencitas, Silvia, la que al verse acosada por este hombre al que no quería, pidió permiso a su madre para ir a vivir a Goya con su abuela. La madre comprendió la situación y fue así que se confabularon para que pareciera una fuga.
Al enterarse Ceballos de la misma, se enfureció, pero aún le quedaban dos hermanas en edad de casarse: Virginia y María Adela Augusta.
Ceballos decidió, que esta vez sería más enérgico y, aprovechándose de la timidez y debilidad de carácter de Virginia, prácticamente le ordenó que se casara con su hermano. Virginia no supo oponerse y acepto esa boda no deseada que la hizo muy infeliz. Desde un principio fue para su marido, que por cierto no la amaba, poco más que un ama de llaves sin voz ni voto.
De esta forma, a través de su joven hermano, Ceballos empezó, poco a poco a ir disponiendo de la herencia de sus hijastros, sin que Camile supiera cómo oponerse.
Sintiéndose seguro ya, el mal hombre empezó a mostrarse tal cual era: obligó a los tres varones a dejar de estudiar y los hizo trabajar como peones en su carnicería. Los muchachos no aguantaron y se fuero de la casa.
A María Adela Augusta y a Flora, las hizo dejar sus estudios de música para que se dedicaran a las tareas domésticas.
Por esa época nació la única hija del segundo matrimonio de Camile: María Elena Ceballos, que gozó de todos los privilegios de los que sus medio hermanos habían sido privados. Flora debió hacerle de niñera y no se separó de ella hasta su muerte, ya que permaneció soltera.
Al morir Camile, los Ceballos se quedaron con toda la herencia que Samuel Fautario enviara para sus nietos, dinero con el que compraron interminables campos en la provincia de Santa Fe, que fueron después heredados por los hijos de Virginia, quienes nunca supieron que su riqueza provenía del despojo que su padre y su abuelo habían hecho a los hermanos Fautario, sus tíos por parte de madre.
Virginia sufrió mucho por esta situación, le daba mucha vergüenza mirar a sus hermanos sabiendo que su marido les estaba robando, pero jamás dijo nada porque le tenía mucho miedo.
Mientras esto sucedía en Jesús María, José Anselmo Díaz y González, dueño de la Estancia Santa Catalina, contraía nupcias con Nicasia de Allende y Moyano. Tuvieron muchos hijos. Una de ellos fue Guillermina Díaz y allende.
En otra parte, Miguel de Argüello y Allende, desposado con Clementina Rueda y Bravo Díaz, dueños de la estancia Ascochinga, asistían al nacimiento de uno de sus varios hijos: Pablo de Argüello y Rueda.
Pablo de Argüello y Rueda y Guillermina Díaz Allende se casaron en el año 1874. De este matrimonio nacieron nueve hijos, cuyas vidas irían tejiendo el entramado de esta crónica familiar:
Pablo Argüello Díaz, quien contrajo matrimonio con Josefina Lastra.
Guillermina Argüello Díaz, casada con el señor Emilio Malbrán, quien fue cónsul en Esyados Unidos y en Noruega..
Rosario Argüello Díaz, quien unió su vida a la del ingeniero Dídimo Posse.
Enrique Argüello Díaz, quien más tarde se casaría con Adela Augusta Fautario y de Monchi, marcando un capítulo central de esta historia.
Elena Argüello Díaz, quien estuvo casada en primeras nupcias con Funes Lastra y, en segundas nupcias, con el dóctor Arca.
Mercedes Argüello Díaz, quien consagró su vida a la fé e ingresó como monja.
Rita, María Julia y Carolina Argüello Díaz, tres pequeñas de cuyo destino exacto poco se conserva en el recuerdo familiar, dado que con toda probabilidad fallecieron a muy temprana edad.
Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, la tuberculosis azotaba con fuerza a la provincia de Córdoba. En aquella época, ante la falta de tratamientos médicos avanzados, la receta indispensable era el reposo, el sol y el aire puro de las sierras chicas; por ello, muchos convalecientes eran derivados a parajes como Ascochinga, La Granja, La Calera o Jesús María.
Por esos años, en la casona de los Argüello Díaz la dinámica familiar ya había comenzado a cambiar. Con los tres hermanos mayores —Pablo, Guillermina y Rosario— ya casados y haciendo sus vidas independientes, en la casa solariega solo permanecían los padres junto a Enrique, Mercedes y la pequeña Elena (además de la posibilidad de que alguna de las otras niñas que fallecieron a temprana edad aún estuviera presente por entonces).
Cuando la enfermedad llamó a la puerta de los Argüello Díaz, los síntomas encendieron las alarmas. Ante la sospecha de que pudiera tratarse de una tuberculosis y no de una simple gripe fuerte, el médico de la familia recomendó aislar de inmediato a los integrantes sanos para evitar que el contagio se propagara.
Como los padres fueron los primeros en caer enfermos, la responsabilidad de las decisiones recayó sobre los hijos jóvenes que permanecían en la casa: Enrique y Mercedes. Con madurez y resolución, organizaron la emergencia:
Elena, por ser tan pequeña, fue enviada a la ciudad de Córdoba a vivir bajo el cuidado de su hermano mayor, Pablo, y de su esposa, Josefina Lastra. Como este matrimonio no tenía descendencia, acogieron y criaron a la niña como a una verdadera hija. Esta cercanía explicaría por qué, años más tarde, Elena contraería matrimonio con un Funes Lastra, emparentado con la propia Josefina.
Enrique fue enviado a la estancia de Santa Catalina a vivir junto a su abuela Nicasia. Esta ubicación estratégica le permitía mantenerse al margen del foco de contagio, pero a la vez lo conservaba lo suficientemente cerca de Ascochinga por si la familia requería de su asistencia.
Mercedes, demostrando una abnegación propia de la época, asumió el rol de quedarse en la casona para cuidar y acompañar a sus padres enfermos.
Tras el inevitable fallecimiento de los padres, los caminos de los hermanos tomaron rumbos definitivos: Mercedes, habiendo cumplido con su entrega familiar, consagró formalmente su vida a la fe e ingresó al convento. Enrique, por su parte, continuó residiendo en Santa Catalina junto a su abuela Nicasia —período del cual se conservan entrañables fotografías suyas en “Los Nogales”—, lo confirma el hecho de que sus paseos los hacía por Jesús María, lugar donde conoció a quien sería su esposa.
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ENRIQUE ARGÜELLO DIAZ (FOTO)......
ENRIQUE ARGÜELLO DIAZ EN LOS NOGALES (FOTO SEGUNDO HOMBRE OARADO CONTANDO DE IZQUIERDA A DERECHA)...
Al morir Pablo y Guillermina, la casona familiar y sus terrenos aledaños se vendieron y su importe fue repartidos entre los hijos. Al llegar a la mayoría de edad, Enrique, recibió su parte de la herencia. Era mucho dinero y él pensó que duraría para siempre, por lo cual no se le ocurrió que tenía que hacerlo producir. Al parecer, sus tíos lo mimaron pero fallaron al no enseñarle que había que trabajar para vivir.
Así las cosas, y muy seguro de su interminable riqueza, Enrique, montado en su brioso caballo solía recorrer las calles de Jesús María.
Cierto día, al pasar por una casa, vio a la muchachita más hermosa que había visto en su vida: su bello rostro, que parecía de porcelana blanquísima, estaba enmarcado por una cabellera de increíble color dorado y sus ojos, chispeantes y alegres, simulaban dos pedacitos de cielo.
Enrique la saludó tocando el ala de su sombrero mientras hacía caracolear a su caballo para impresionarle. Ella, bajando los ojos, se ruborizó.
MARIA ADELA FAUTARIO DE MONCHY JOVEN (FOTO).........
Desde ese día empezó a pasar todas las tardes, a la misma hora, por esa casa esperando verla; y ella lo esperaba Él la saludaba, ella se ruborizaba y eso era todo.
60 años más tarde, María Adela Augusta le comentaba a su nieta mayor que ella también se había enamorado de él desde la primera vez que lo vio: era tan apuesto y elegante, con su muy cuidado bigote y esos hermosos ojos de color de miel... Siempre repetía: ¨Qué buen mozo que era mi viejo!¨
Un día Enrique se bajó del caballo. Ella se puso muy nerviosa y entró a la casa precipitadamente. Enrique tocó la puerta, se presentó y pidió permiso para hablar con ella. Así empezaron a conversar, hasta que un día la pidió en matrimonio. Camile estaba encantada: ese joven rico, elegante y distinguido le pareció muy adecuado para su hija. Ceballos también estuvo de acuerdo, veía la posibilidad de echarle mano a otra herencia.
La familia de Enrique se opuso terminantemente a la boda: ricas herederas rivalizaban por conseguir los favores de un joven tan apuesto y de excelente linaje como Enrique. No se explicaban cómo podía elegir a una ¨gringuita¨ hijastra de un carnicero... Por supuesto que todos ignoraban- aún ella misma - que la ¨gringuita¨ como ellos la llamaban despectivamente, era la nieta de un príncipe y un conde, es decir: pertenecía a la nobleza europea.
A Enrique no le importaba su linaje: era la niña de quien se había enamorado. Se casaron. Ella tenía 16 años y él 26. Recién comenzaba el siglo XX.
Todo fue bien al principio, pero muy pronto Enrique se dio cuenta de que ya casi no le quedaba dinero. Que hacer? Sin duda todos le iban a decir: te lo dijimos, debiste elegir a una joven de buena posición y de tu mismo nivel social...
Quiso el destino que por esa época llegara, a disfrutar de un tiempo de descanso en su estancia La Paz, el Gral. Roca (su ya fallecida esposa Clara Funes Díaz, era prima hermana de Guillermina Díaz y Allende, la fallecida madre de Enrique). .
Enrique se decidió y fue a visitar a su Tio Alejandro Arguello Rueda, quien era muy amigo del Genreal Roca, quien intercedió para que lo nombraran administrador de la estancia La Larga, en Bs. As.
Fue así que Enrique y María, como él llamaba a su esposa, partieron rumbo a La Larga, donde ocuparon la hermosa casa que estaba destinada para ellos. Allí nacieron sus dos primeros hijos: Enrique Segundo (1910/1948) y María Teresa (1911/ 2008). Y también Julio Argentino (1913/ 1917)y Oscar José Antonio(1915/1917).
ENRIQUE DE ARGÜELLO Y DIAZ CON SUS HIJOS ENRIQUE Y MARIA TERESA ARGÜELLO FAUTARIO MIENTRAS VIVIAN EN LA ESTANCIA LA LARGA (FOTO)..........
Son muchas los recuerdos que María Adela Augusta guardaba de su vida en la estancia La Larga, que ella le solía contar a la mayor de sus nietas que la escuchaba fascinada: Recordaba que el casco de la estancia estaba en medio de un hermoso jardín. Para acceder al casco, atravesaban el jardín a manera de los rayos de un sol, numerosos caminos, los que alternaban sus colores: uno blanco, uno rojo, uno blanco, uno rojo... Los rojos eran de ladrillo molido y los blancos de hueso molido.
Le gustaba comentar que, habiendo ya nacido sus dos hijos y siendo estos muy pequeños aún, el general se había fijado en cuanto trabajo le daban para mantenerlos dentro de la casa por temor a que fueran atropellados sin querer por algún jinete. Un día apareció un inmenso corralito de unos cuatro metros por cinco en el patio de la casa bajo la arboleda. El general lo había hecho colocar allí para que ella pudiera dejar que sus niños jugaran al aire libre sin correr riesgos. Dentro del corralito había una pequeña mesita y unas sillitas. Después ellos llevaron allí sus juguetes.
A veces sonreía al acordarse de que, cuando ella lavaba sus cabellos y los soltaba para que se secaran al sol, los peones dejaban de trabajar para mirarla. Nunca habían visto, al parecer, una cabellera dorada.
Solía contar también, que el general se movía dentro de la estancia en un pequeño carruaje tirado por tres yuntas de caballos petisos, decía ella, probablemente criollos.
Recordaba también cómo le gustaban los pavos reales. Por esta razón decidió criarlos. Para alimentar a los polluelos, los peones le juntaban huevos de avestruz que ella hacía hervir y partía por el medio para que ellos los comieran. Pronto su jardín se vio engalanado por un buen número de estas hermosas aves que lucían, orgullosa sus espléndidos plumajes.
Solía evocar también sus tardes de té con la inglesa esposa del administrador general de Roca, Mr. Hamilton, con la que había congeniado...
La vida en la estancia del Gral. Roca fue muy agradable para el joven matrimonio y sus pequeños hijos. Lamentablemente duró poco. Fue hasta que se supo que una mujer se había instalado en el casco de la estancia. Enrique se enteró de que era una amante del general.
Cierto día él vió llegar el carruaje del general hasta la casa que ellos ocupaban. Se apresuró a salir a su encuentro. Cual no sería su sorpresa cuando del coche ve salir a una mujer quien pretendió
ordenarle, con el atrevimiento propio de las amantes: - ¨Que diez de estos pavos reales sean llevados al casco de la estancia¨ -. Enrique no se pudo contener y le preguntó: - ¨Puedo saber quién es Ud. señora?¨ - ¨Soy la esposa del general¨ - contestó ella sin dudarlo. Enrique, conteniendo a duras penas su indignación le dijo en el tono más amable que pudo: - ¨Lo siento, la esposa del general era mi tía y ha muerto y estos pavos son de mi señora y se quedan acᨠ- . La mujer enrojeció de furia y, pegando media vuelta se marchó.
Desde ese día Enrique ya no se sintió cómodo en la estancia. Se enteró de que su pariente Juárez Celman necesitaba alguien de confianza para poner al frente de la estancia que tenía en el límite con La Pampa. Allí se criaban ovejas cara negra. Habló con él y este se manifestó en cantado. Fue así que partieron a su nuevo destino.
El clima en este lugar era muy hostil: frío y con fuertes vientos que en pocas horas hacían que los médanos cambiaran de lugar. Había que mantener un cuidado permanente sobre las ovejas que corrían peligro de quedar sepultadas bajo montañas de arena si no eran movidas a tiempo. Aún así no siempre se las podía salvar a todas. Era muy triste, recordaba María Adela Augusta, ver que, cuando los médanos cambiaban de posición quedaba el tendal de ovejas muertas que no habían podido ser rescatadas El trabajo era agotador, pero Enrique ya había aprendido que había que trabajar para vivir.
No sé el tiempo que estuvieron viviendo allí, Pero al parecer fue breve.
De allí volvieron a Jesús María donde buscaron refugio en Santa Catalina.
Debió ser muy difícil para Enrique tener que pedirle ayuda a su abuela Nicasia, sabía que era muy orgullosa y, sin duda, no habría olvidado que él se había casado en contra de su voluntad, por lo que, seguramente, seguiría muy resentida.
Pero no le quedaba otro camino que tragarse su orgullo y suplicar...
Es de suponer que Nicasia lo recibió muy fríamente y lo aceptó en la estancia sólo porque no tuvo corazón de dejarlo en la calle con cuatro niños pequeños.
Al conocer a la bella esposa de su nieto, la anciana debió darse cuenta enseguida de que no era una gringuita cualquiera, como ella había pensado, sino una joven de educación muy refinada y exquisitas maneras, pero su orgullo no le permitió dar el brazo a torcer y mantuvo su rígida e intolerante posición.
A pesar de que debió sentir que ella no era aceptada por su abuela política, María Adela Augusta cumplió siempre con el protocolo que le exigía la educación recibida de sus padres, la educación que se daba en Europa a los miembros de la nobleza. Por esta razón, sin hacer caso de los desaires, cada tanto arreglaba bien a sus hijos y los llevaba para que la bisabuela los viera. Era lo que correspondía.
Al parecer la bisabuela nunca mostró la más mínima simpatía por los bisnietos, y aunque María Adela Augusta no le daba importancia a este hecho, atribuyéndolo al mal carácter de la anciana, a los niños, o al menos a María Teresa, esto les caía mal, lo digo porque una vez María Teresa comento: ¨Mamá nos vestía bien y nos llevaba para que nos viera la vieja Nicasia¨... Lo que da a entender que no era precisamente cariño lo que la bisabuela les inspiraba. Ya de adulta María Guillermina (Chela) le dijo un día a su hijo José Luis "A papá lo trataban como a un peón en la estancia".
Es muy posible que María Adela Augusta haya venido embarazada y que esa haya sido la razón por la que abandonaran la estancia de Juarez Celman, ya que era un lugar demasiado alejado de los centros poblados. María Guillermina debió nacer (1917/1999) en la estancia y sin duda permanecieron allí bastante tiempo, porque María Guillermina solía contarles a sus hijos los recuerdos que ella tenía de su vida en Santa Catalina cuando era muy pequeña.
Después de nacida María Guillermina, María Adela Augusta debió permanecer en cuarentena, como aconsejaban los médicos de la época.
Fue en ese lapso de tiempo cuando los niños contrajeron escarlatina, enfermedad que se llevó la vida de Julio Argentino, de 4 años, y de Oscar José Antonio, de 2 años, y estuvo a punto de llevarse también a Enrique Segundo, el primogénito, quien, por ese entonces, contaba 7 años.
La vida debió ser dura para ellos en Santa Catalina pero se vieron obligados a permanecer allí hasta que Enrique pudo conseguir un trabajo con el que hacer frente al pago del alquiler de una casa y mantener a su familia.
El reencuentro con su viejo amigo y pariente Pedro J. Frías Diaz. con el que había compartido tantas fiestas en Los Nogales, y al que no veía desde antes de su casamiento, trajo la solución a la vida de Enrique. Pedro José Frías Diaz, al que llamaban "Perico", era sobrino de los abuelos de Enrique, José Anselmo y Nicasia, ya que era hijo de una hermana de José Anselmo, Guillermina Díaz y González, casada con Aparicio Frías. A pesar de que Pedro J. Frías tenía más o menos la misma edad de Enrique, era en realidad su tío segundo pero se trataban como primos. En ese momento su carrera políta se encontraba en franco asenso y, al darse cuenta de la situación en la que staba Enrique, lo hizo nombrar en Vialidad como sobreestante de conservación, poniéndolo a cargo de la ruta que iba de Jesús María a Ascochinga. De esta forma, con un sueldo fijo, ya pudo Enrique sacar a su famia de Santa Catalina y devolverle su dignidad.
Llegado el momento salieron a buscar una casa. Al respecto María Teresa le contaba muchos años después a su ahijada: ”Fuimos con papá a buscar una casa para alquilar. Encontramos una hermosa. Nos extrañó mucho que pidieran tan poco por ella. Muy contentos nos instalamos pero, esa noche, los ruidos no nos dejaron dormir: eran golpes y pasos por toda la casa. Los peldaños de la escalera no dejaban de crujir como si subieran y bajaran por ellos, pero no había nadie. Sucedió lo mismo a la noche siguiente y a la otra, hasta que no pudimos aguantar y decidimos mudarnos. Tiempo después nos enteramos por la gente del pueblo que nadie quería alquilar esa casa porque decían que estaba embrujada¨.
En Jesús María fueron anotados: María Guillermina, Miguel Ángel, el pequeño que falleció antes de cumplir los dos años como consecuencia de una quemadura que se infectó; Susana Lila Nela y Nilda Aída.
Contaba María Adela Augusta que su viejo, como ella le decía cariñosamente a su esposo, montaba su caballo muy temprano y empezaba a recorrer los caminos y de paso visitaba a toda su familia que estaba en Santa Catalina, La Granja y Ascochinga.
MARIA TERESA ARGÜELLO FAUTARIO (ARRIBA) MARIA GUILLERMINA ARGÜELLO FAUTARIO Y SUSANA ARGÜELLO FAUTARIO (ABAJO) EN LA ESCUELA DE JESUS MARIA
NILDA AIDA ARGÜELLO FAUTARIO EN LA ESCUELA DE JESUS MARIA (FOTO).......
En 1925, cuando pedro J. Frías fue nombrado como ministro de obras públicas, en vista del excelente desempeño de Enrique en la conservación de la ruta encomendada, lo llevó a Córdoba para que se hiciera cargo la dirección de Parques y Paseos, merced a lo cual vivían en una casa en el parque Sarmiento. Fue una buena época: los chicos tenían todo el parque como patio de su casa. También hacían paseos a caballo por el mismo, como dan testimonio las fotos.
SUSANA Y MARIA TERESA MIENTRAS VIVIAN EN EL PARQUE SARMIENTO (FOTO)......
Al rededor de 1930, cuando Enrique segundo contaba con unos veinte años y quería ya disponer de su propio dinero, Pedro J. Frías lo hizo nombrar en la policía.
Fue durante el teimpo en que Enrique estuvo a cargo de la Direccion de Parque y Paseos tuvo el accidente que a la arga le costó la vida. De este accidente, la nieta mayor de Adela Augusta se enteró de casualidad: Estaba un día mirando la foto de su abuelo ya sin su bigote y preguntó:¨Abuelita, por qué el abuelo se sacó el bigote?¨ - ¨Porque después del accidente le quedó una cicatriz en el labio en donde el bigote no crecía, así que se vio obligado a rasurárselo¨- contestó la abuela - Entonces la nieta quiso saber sobre el accidente y fue entonces que la abuela le contó que el recorrido y control de los parques se hacía siemprre a caballo por ser una zona de quebradas y que en ese tiempo la división entre la ciudad y el campo era muy poco definida y pir alli deambulaban animales sueltos. Cierto día Enrique con su caballo estaban sobre una lomada, cuando imprevistamente un toro embistió el caballo que Enrique montaba, haciéndolo rodar, junto con su jinete cuesta abajo en una ladera. Aplastado repetidamente por su cabalgadura, Enrique sufrió lesiones gravísimas de las que no sabían si lograría sobrevivir. Su cabeza estaba muy hinchada, contaba María Adela Augusta, y estuvo inconsciente mucho tiempo. Volvió en sí pero sus glándulas suprarrenales habían sido irremediablemente dañadas lo que le provocó la enfermedad de Adison, que al tiempo produjo su deceso. Sus restos fueron enterrados en el panteón de los Juárez Celman, en el cementerio San Jerónimo, de la ciudad de Córdoba
Con la muerte de su esposo, al rededor de 1933, dió comienzo a la etapa más difícil de la vida de María Adela Augusta. Debieron abandonar la casa del Parque Sarmiento y fueron a vivir a una finca en el kilómetro 20 camino a Alta Gracia.
Viendo que desde allí no podrían mandar a las más pequeñas al colegio. Las hijas del Gral. Roca se ofrecieron a ponerlas en un internado del que ellas se harían cargo. María Adela Augusta no quería separarse de sus hijas pero comprendió que no le quedaba otra alternativa. Fue así que Guillermina y Susana terminaron siendo internadas. Las hermanas Roca, primas de su marido le hacían llegar también bolsas de ropa para las niñas.
Pedro J. Frias, que para esa época ya era gobernador de Córdoba, lo sacó a Enrique segundo de la policía y lo hizo nombrar en Vialidad de la Nación para que tuviese un puesto más estable, que no dependiera de los vaivenes políticos, y mejor remunerado. Así pudo Enrique segundo sostener a la familia. (El desempeño de Enrique Segundo en Vialidad: Por su inteligencia y su gran capacidad para las matemáticas, a Enrique segundo enseguida lo ascendieron a pagador, que tenía la gran responsabilidad de llevar el dinero y pagar a todos los empleados de los campamentos. Para esa peligrosa tarea era acompañado por un chofer que hacía de guardia armado. Luego lo nombraron Habilitado, es decir ayudante del contador. Por último lo ascendieron a Contador del 12 distrito de Neuquén, lugar en donde falleció).
SUSANA ARGÜELLO FAUTARIO EN EL INTERNADO PAGADO POR LAS HERMANAS ROCA FUNES, HIJAS DE JULIO ARGENTINO ROCA (FOTO).......
Enrique Segundo se casó con Hilda Rosa Peregrina Gottardi Marasso mientras aún vivia la famila en el kilometro 20 camino a Alta Gracias quedandose a vivir con su madre y con sus hermanas. La familia siguió viviendo allí seguramente hasta 1939 ya que en 1938, cuando sucedió el rapto de Martita Stud, Hilda Rosa recuerda que la policía que la buscaba casa por casa, cuando entraró a la finca que ellos ocupaban se tropezó con un tacho de leche que colgaba del techo y la leche lo bañó.
Otro recuerdo de Hikda Rosa de esa época cuenta que a Adela Augusta le daba vergüenza vivir en ese lugar en donde se transportaban en una jardinera y cuando iban por la ruta y pasaba un bomnibus ella les decía:" Agáchense para que no vean que somos las Argüello andando en jardinera".
Por fin, llegó el día en que pudieron venir a vivir a la ciudad de Córdoba. Ocuparon una casa situada en la calle Santa fe, primera cuadra. María Teresa consiguió que la nombraran celadora en la Escuela Normal Alejandro Carbó.
CASAMIENTO ENRIQUE ARGÜELLO FAUTARIO CON HILDA ROSA GOTTARDI MARASSO (FOTO)........
MATRIMONIO ARGÜELLO FAUTARIO GOTTARDI MARASSO Y SUS HIJOS MARIA ADELA Y ENRIQUE EN SANTA FE (FOTO).......
Nilda Aída se casó con Dante Mario Procaccini - al que conoció porque los Procaccini vivían en la casa que estaba justo frente a la de ella - y se fueron a vivir a Puerto Madryn. Sólo quedaron con María Adela Augusta, María Teresa, María Guillermina y Susana Lila Nela.
NILDA AIDA ARGÜELLO FAUTARIO (QUICA) Y DANTE MARIO PROCACCINI RECIÉN CASADOS
MATRIMONIO PROCACCINI ARGÜELLO CON SUS HIJAS NILDA MARIA Y SUSANA BEATRIZ (FOTO)...........
Algún tiempo después, gracias a Cipriano Argüello Pitt, pariente de su esposo, pudo comprar el departamento de la calle Rivadavia 290.
Luego Enrique segundo se fue a vivir al barrio General Paz con Hilda Rosa. Posteriormente se casó María Guillermina con Juan Francisco Rovaretti y se fueron a vivir a una finca en Pilar.
CASAMANIENTO MARIA GUILERMINA ARGÜELLO FAUTARIO (CHELA) Y JUAN FRANCISCO ROVARETTI (FOTO)......
Adela Augusta había quedado sola con dos hijas y el departamento era grande. Con la partida de Enrique habían perdido una entrada. Contaban sólo con el sueldo de María Teresa, ya que Susana solamente conseguía suplencias breves. Entonces, contra la voluntad de sus hijas, María Adela Augusta decidió que tendría uno o dos pensionistas para tener una entrada más.
FOTO DEL BRIGADIER HECTOR FAUTARIO QUIEN VIVIÓ EN SU ÉPOCA DE CADETE EN LA CASA DE SU TÍA ADELA AUGUSTA (FOTO).....
Por esa época los estudiantes universitarios venían a Córdoba cada vez en más cantidad. Todos buscaban pensiones o casas de familia que los pudieran alojar. Era común que familias que quedaban con grandes casas después del casamiento de sus hijos, aceptaran a estos jóvenes a los que trataban como un miembro más de la familia. Durante varios años María Adela Augusta hizo esto, sólo que no les daba ninguna ganancia y sí mucho trabajo, porque ella casi no les cobraba y los colmaba de atenciones. Creo que veía en ellos a los hijos que había perdido.
Cuando Susana consiguió un puesto estable como maestra del hogar de menores madres, las dos hijas se pusieron firmes y le prohibieron a la madre seguir teniendo pensionistas, con el sueldo de las dos era suficiente. Ella les hizo caso a regañadientes, pero más tarde reconoció que, en realidad, ya estaba cansada de tanto trabajo. Era tiempo para descansar...
ADELA FAUTARIO Y DE MONCHY Y SUS NIETOS (FOTO)
LOS NIETOS DE ADELA AUGUSTA FAUTARIO Y DE MONCHY (MARIA ADELA ARGÜELLO GOTARDI, SUSANA Y NILDA PROCACCINI, GUILLERMINA, EDUARDO Y JOSE LUIS ROVARETTI)
ABUELITA ADELA Y SUS NIETOS YA MAS GRANDES Y SU BISNIETA MARIA ALEJANDRA SORIA ARGÜELLO (FOTO)....
Ella y sus dos hijas que permanecieron solteras, vivieron en el Dpto. 3 de Rivadavia 290, hasta sus muertes: María Adela Augusta, la abuelita Adela, falleció en el mes de marzo de 1982 a los 89 años de edad. Sus hijas la sobrevivieron muchos años: María Teresa se marchó el 27 de marzo de 2008, a los 97 años y Susana el 24 de mayo de 2014, cuando ya había cumplido sus 93 años.
MARIA TERESA ARGÜELLO FAUTARIO (FOTO).....
SUSANA NILA NELA (FOTO)...
Con inmensa tristeza la familia se vio obligada a vender el departamento que guardaba tantas historias, tantos recuerdos, tantas anécdotas...
UNA ANÉCDOTA:
07/09/1972 – La sociedad Argentina, y particularmente Córdoba, estaba convulcionada por la reciente masacre de Trelew. En este contexto, celebramos los 80 años de la abuelita Adela. La celebración tuvo lugar en un salón del Cerro de las Rosas. Un festejo hermoso que terminó con un imprevisto muy de la época: nos pincharon las gomas de los autos en la puerta por el solo hecho de que ella figuraba con su apellido, Adela Fautario. En ese momento, el brigadier Fautario (su sobrino) estaba siendo cuestionado porque se oponía a la junta militar que quería destituir a María Estela Martinez de Perón. Él insistía en que debía sostenerse la institucionalidad. Un reflejo de los tiempos que se vivían, pero que no opacó la alegría de estar todos juntos.
ADELA AUGUSTA FAUTARIO Y DE MONCHY CELEBRANDO SUS 80 AÑOS
ADELA AUGUSTA FAUTARIO Y DE MONCHY CON SUS HIJAS EN LA CELEBRACIÓN DE SUS 80 AÑOS
P.D.:
María Adela Augusta, como la he nombrado en todo el relato, fue bautizada Adela Augusta, pero más tarde su esposo le puso el nombre de María, al parecer porque le gustaba más que los otros. Ella asumió este nombre de tal forma que durante el resto de su vida firmó siempre: María F. de Argüello. al punto que cierta vez fue necesario hacer una aclaración sumaria con la declaración de testigos que la conocían de su infancia, para probar que Adela Augusta Fautario y De Monchy y María F. de Argüello, eran la misma persona.
Respetando el deseo de ella y de su esposo, incorporé el María a su nombre.
María Adela Augusta Fautario y De Monchy, María F. de Argüello, la abuelita Adela, que naciera un 7 de septiembre de 1892 y, por esas coincidencias de la vida, falleciera un marzo de 1982, seis meses antes de cumplir sus 90 años, fue un ser excepcional: de inteligencia brillante y temple de acero. No existió para ella dificultad que no pudiera vencer, obstáculo que pudiera detenerla, dolor que no pudiera sobrellevar con entereza...
Lo mismo podía hacer una delicada carpeta al crochet, que levantar, sin ayuda, una pared de ladrillos; lo mismo podía confeccionar un bonito vestido para su nieta a partir de una camisa en desuso, que clavar los postes y tender el alambrado de un gallinero.
Tanto podía trabajar la tierra y formar hermosos jardines o productivas huertas, , como hacer los mas ricos dulces.
Para ella nada era imposible: vienen tres comensales de mas, no importa. La comida siempre alcanzaba y sobraba. No hay con qué cocinar, no importa. De algún lado salían los platos más sabrosos.
Si las nietas tenían que bailar en la escuela de danzas, allí estaba ella para hacerles los trajes más hermosos. Si un vestido les quedaba chico, ella se ingeniaba para transformarlo en uno más grande y tan lindo como el anterior.
Si un hijo se cambiaba de casa, sabía que contaría con ella para arreglarla, colgarle cortinas, hacer cubrecamas y hasta agregar estantes en los armarios y roperos.
Podía transformar un viejo y desvencijado cochecito en un precioso moisés para las muñecas usando el tul de la cuna en desuso...
Tenía una voz muy bonita y su nieta mayor aún recuerda las antiguas canciones que ella le cantaba mientras la hamacaba sobre sus rodillas una la vez que fuera a visitarlos en Santa Fe.
Nunca perdía la alegría el buen humor y el entusiasmo cuando se proponía hacer algo y siempre lo terminaba con éxito, no importaba de qué se tratara.
Era como un hada madrina que llegaba y lo transformaba todo! - ¨Ya va a venir la abuelita y nos va a dejar la casa hecha un chiche¨ - nos decía mi madre encantada de que nos visitara. Y así era, hasta los juguetes rotos eran transformados en nuevos por su ingenio y su habilidad increíbles!...
Son tantos y tan lindos los recuerdos que tenemos de ella...! Sería imposible escribirlos a todos...! Además, las lágrimas ya no me dejan ver las teclas...
ABUELITA: JAMÁS TE OLVIDAREMOS!!!






































